11 de diciembre de 2011

Conocer Europa en tren

Si en los planes está visitar el Viejo Mundo, la experiencia de viajar en ferrocarriles de alta velocidad será inigualable: el tiempo rendirá y los paisajes bien valen la pena

La promesa al iniciar la travesía fue recorrer 424 kilómetros entre Madrid y Tarragona en 2 horas y 39 minutos en un tren que viajaría a 300 kilómetros por hora. Y así se dio, además, con la puntualidad del más estricto de los suizos. Se puede salir de la estación de Atocha, en la capital de España, casi a media mañana en el AVE (tren de alta velocidad), tomar un refrigerio a bordo y estar en la hermosa ciudad de vestigios romanos y bordeada por el mar al mediodía, justo para el almuerzo.

La experiencia de viajar en tren no es familiar para un venezolano y menos en uno que recibe a los viajeros con tantas comodidades: comidas y bebidas directo en los asientos (con posibilidad de menús especiales de acuerdo con requerimientos específicos), periódicos y revistas, cafetería, canales de música individualizados, películas, asientos reclinables, mesa desplegable, puestos individuales, percheros, acceso para personas con movilidad reducida, puntos de recarga de batería, espacios cercanos para el equipaje, bicicletas y mascotas. Con todo esto, el tiempo pasa volando, tanto como vuela el tren rápido.

Sin embargo, pese a lo poco común que resulta para uno es ideal para recorrer varias ciudades del Viejo Continente en poco tiempo sin perderse el paisaje, que entre Madrid y la ciudad mediterránea de Tarragona alterna sepias y verdes, zonas áridas, campiñas y molinos de viento.

Y no hay que temer por el costo. Si bien no siempre es la opción más económica, tampoco implicará un gran gasto que haga mella en el presupuesto de las vacaciones, pues es un medio de transporte rutinario para los europeos y además existen varios tipos de tickets y servicios para escoger.

Por ejemplo, con el Eurail Pass, de la empresa Rail Europe, se puede viajar 5 días por 3 países fronterizos (España, Francia y Suiza) a un costo de 250 euros (menos que si se compran boletos individuales) y se puede usar durante 2 meses, incluso es posible tomar varios trenes un mismo día. Desde Venezuela se obtienen estos pasajes y se cuadra todo el itinerario.

Al Mediterráneo. El primer descenso de un periplo de 10 días por 6 ciudades de España y Francia fue en la estación Camp de Tarragona, destinada sólo a trenes de alta velocidad y un poco alejada de la ciudad. La pequeña localidad de Cataluña ubicada a 98 kilómetros de Barcelona tiene 140.000 habitantes que vieron exaltado su orgullo en estos días, pues fue seleccionada sede de las Olimpíadas del Mediterráneo 2017.

En las angostas calles empedradas se percibe el pasado romano y las huellas de la época medieval, ruinas por doquier que se mezclan con las construcciones actuales, restos de un anfiteatro cerca de la orilla del mar, castillos, miradores, museos, todo un conjunto arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000.

En el tradicional restaurante Les Voltes ­construido en el siglo I debajo de lo que fueron las bóvedas del Circo Romano­ un bacalao horneado a la muselina con base de espinacas aportó la energía necesaria para emprender el paseo por la ciudad que cada septiembre rinde culto a Santa Tecla, y que en su honor organiza las fiestas locales más importantes.

El tren sigue su recorrido hasta Barcelona, que desde Tarragona toma 30 minutos aproximadamente en el AVE. Desde Madrid el tiempo de viaje hasta la ciudad de Gaudí se redujo hace pocas semanas a 2 horas 38 minutos, gracias a la puesta en marcha de la nueva versión del sistema de gestión de tráfico ferroviario. De hecho, esta ruta ha restado gran cantidad de usuarios a la conexión aérea entre las dos principales ciudades de España, principalmente porque las estaciones están en plena ciudad, mucho más accesibles que los aeropuertos, y no hay que pasar por requisas ni hacer check in.

Pero también se puede seguir hasta Francia. Y es lo que hicimos, pero no en un tren rápido, pues la línea del AVE que unirá ambos países será inaugurada a finales del próximo año. La conexión se hizo a través de redes convencionales desde la estación ubicada al lado del puerto, en pleno centro de la ciudad, para llegar a Carcasona, haciendo escalas en Figueras y Narbona.

Ensueño de Edad Media. Llegar a la ciudadela medieval de Carcasona es como estar en una locación de película de época. Uno cree que en algún momento aparecerán cabalgando los caballeros con armadura.

Una extensa doble muralla de 3 kilómetros protege 53 torres, incluido un castillo y la basílica de Saint-Nazaire. Toda esa zona fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997.

Llama la atención que en este lugar solamente habitan 47 personas que se pueden considerar privilegiadas. La mayoría se dedicada a actividades relacionadas con el turismo.

Afuera de las murallas aguarda la ciudad moderna, reconstruida en el siglo XVIII, con su emblemático Canal Du Midi, pastelerías de las que emanan dulces aromas, restaurantes y la plaza central donde se celebra la Fiesta de la Vendimia para probar los vinos que se producen cada año en la región.

El itinerario indicaba que el próximo paso era Aviñón, un destino al cual se le llega desde Carcasona por tren convencional en 2 horas y 50 minutos. La zona de viñedos y olor a lavanda se extiende a los lados del río Ródano, cuyas riberas comunican con una inmensa zona vegetal.

La conjugación del espléndido escenario verde y la tranquilidad del afluente se aprecia desde el puente medieval de Saint Bénezet, que se dio a conocer internacionalmente por la canción Sur le pont d’Avignon, tanto que más de un entusiasta tararea la letra mientras lo recorre.

Para quienes gustan del turismo histórico-religioso es obligada la visita al Palacio de los Papas, residencia de los soberanos pontificios durante el siglo XIV y la construcción gótica más grande del mundo; si no, otras opciones son los cientos de museos y salas de arte que concentra la ciudad, la nutrida agenda de eventos todo el año o deleitarse con la gastronomía local que ofrece productos artesanales con Denominación de Origen, mieles, turrones, chocolates ­la papaline es la especialidad: una golosina de chocolate fino, azúcar y licor de orégano­ y vinos. El pato es un imperdible, lo preparan con recetas tradicionales y también con variantes eclécticas.

Súmmum del modernismo ferroviario. La sensación al trasladarse a la estación de trenes de alta velocidad de Aviñón es la de entrar en el túnel del tiempo. De las calles empedradas y paredes amuralladas de la ciudad se llega a una moderna construcción inaugurada en 2001, de 14,5 metros de alto y 350 metros de largo. Es una inmensa estructura de acero y vidrio que brinda todos servicios, incluido Wi-Fi, una zona de comercios y señalización por doquier. Hay una línea de buses que la conecta con la estación central para comodidad de los viajeros que llegan por las redes convencionales y necesitan continuar su recorrido en tren rápido.

En Francia los trenes TGV (tren a gran velocidad) son equivalentes a los AVE de España. De Aviñón la siguiente ruta condujo a París, un recorrido que tardó 2 horas 40 minutos en un veloz aparato de tecnología "ecomóvil": un concepto pensado para minimizar las repercusiones sobre el ambiente.

El movimiento a bordo es imperceptible, lo que permite que el viaje sea más relajado aún: hay quienes trabajan en su laptop (gran parte de los usuarios son ejecutivos), otros leen y se toman una copa de vino sin temor a manchar la ropa y algunos aprovechan para dormir una siesta. Pero a media mañana lo mejor es ir al bar, tomar un refrigerio y desde allí ver el paisaje por las ventanas panorámicas del tren. Prepararse para la llegada a la Ciudad Luz no está de más: en la tiendita del bar venden los tickets del Metro y otros artículos que de seguro serán útiles.

El viento gélido dio la bienvenida en la Gare de Lyon, estación parisina por la que circulan 83 millones de viajeros cada año y por donde llegan y salen líneas de alta velocidad nacionales e internacionales, redes convencionales de larga distancia regional y trenes de cercanías. Desde allí hay conexiones con el Metro y la red de autobuses urbanos.

Disfrutar a plenitud es lo que depara París, una ciudad que nunca se agota, en la que siempre habrá algo nuevo por hacer y descubrir aunque la estadía sea corta: sus calles, la noche, el Sena, la arquitectura, los entrañables cafés, los libreros a la orilla del río, la comida, la oferta cultural, ir de tiendas, la gente bella...

Pero aún quedaba un destino en el itinerario: Barcelona.

El regreso a España desde la capital francesa fue en el trenhotel Joan Miró, de la línea Elipsos, que sale desde la terminal Austerlitz en la noche y llega a la Estación de França al despuntar la mañana.

No es de alta velocidad, pero viajar toda la noche en un tren con camarotes privados, baño incorporado con todos los servicios ­incluido un estuche con artículos de higiene­, bar y restaurante es una experiencia extraordinaria. Minutos después de abordar el pasajero es llamado a cenar; la oferta gastronómica es variada para escoger la entrada, el plato principal y el postre, y una carta de vinos para armonizar la elección. Es un lugar perfecto para compartir y brindar por esa maravillosa ocasión mientras el tren hace su recorrido.

Después de la cena se recibe una sorpresa al volver al camarote: el personal ha dispuesto la cama en el lugar que antes ocupaban los asientos, cálidas sábanas y una buena cobija, un par de bombones en la almohada, la luz ahora es tenue, todo invita a un relajante sueño, que llega con el último pensamiento de la noche: "Esto es como ser un personaje de película de los años cincuenta".

Así, de tren en tren, con la modernidad tecnológica de los motores de alta velocidad e intercalando con las redes convencionales se recorren parte de los 260.000 kilómetros de vía férrea de Europa y quedan plasmadas en la memoria postales que sólo son posibles en un viaje por tierra.



Fuente: http://www.el-nacional.com

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